A las 1:30 de la mañana, las mesas de Fados Pub Karaoke en La Cisterna ya están llenas. Todas las paredes tienen vinilos. El animador se acuerda de las veces que ha hecho parejas que terminaron casándose, escuchando Óyeme de Noche de Brujas. Las mismas volvían después a celebrar el after del matrimonio, con un mega pitcher de 13 litros.


En For Yu, al lado del metro Irarrázaval, el dj tiene una carpeta donde alguien escribió con lápiz de pasta azul Zingara de Nicola Di Bari, que una semana después suena por los monitores de Zotano, el karaoke subterráneo de Bellavista donde dos piscolas cuestan 5 lucas, combinado que deja sobre la barra Catalina Manson, la anfitriona transformista, antes de hacer un lipsync de I Have Nothing de la Whitney Houston, que saca aplausos de pie.


Cautibar en Ñuñoa ofrece una lista de canciones en páginas plastificadas, donde figuran Pa’ ti no estoy de Rosana y Paisaje de Gilda, éxitos populares que son himnos de noche, que el resto sigue desde sus sillas, con las manos en el pecho, recibiendo en la cara el frescor de ventiladores gigantes.


El restorán y karaoke Da Ri Won en Recoleta, de la familia Han, recibe a grupos de kpopers que arriendan por horas habitaciones privadas para entonar hits de Red Velvet, después de comer Kanpungseu.


Caramba Club Karaoke en calle Moránde y Chihuaha Pub en Vitacura son otras opciones, puntos fijos de capitalinos románticxs, villerxs, metalerxs, salserxs, poperxs.


Todxs agarran el micrófono, nadie juzga. Suenan aplausos grabados.

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